Clave de Prosa


Recopilación de relatos, cuentos y pasajes en prosa de Pedro Manuel Cepedal Flores mostrados hasta la fecha en este espacio.



COMO ESMERALDAS RESCATADAS DEL MAR
Pedro M. Cepedal Flores

I

   Ella permanecía de pie, inmóvil frente al mar. La quietud de su postura contrastaba con los suaves movimientos del vestido y del pelo, mecidos por la fresca brisa. La rebeca arremangada dejaba al descubierto unas delicadas muñecas de las que nacían, no menos finas, las manos que sostenían a la vez un pequeño bolso. Impasible sobre aquel largo y destartalado muelle, que se introducía hasta cincuenta metros en las aguas pareciendo ser devorado por éstas, oteaba el horizonte, los claros ojos entornados, hasta donde su vista le permitía alcanzar, allá donde se difumina el umbral que separa cielo y mar.

   Era primavera. A media mañana, el sol apenas se dejaba entrever a través de las cada vez más espesas y grises nubes, que le conferían a las olas un color azul turquesa realmente precioso, por lo menos para quien se parase a contemplarlas... Pero ella no podía sino seguir mirando al infinito, esperando ver algo, atisbar un indicio, un movimiento diferente, algún color distinto bajo el agua, esperando a…

-          Olvídalo, muchacha –dijo una raída pero suave voz-. Llevas mucho tiempo ya viniendo aquí, al viejo muelle. Esperando y esperando. No es ése el sino de una muchacha tan bonita como tú. Deberías olvidarlo ya, no volver a este lugar y disfrutar de la vida y de tu juventud. Sí, eso es, eso es lo que deberías hacer… y sonríe un poco, chiquilla…
-          ¡No! –respondió la joven con voz queda-. Prometió que vendría. Hoy es el equinoccio, él vendrá…-suspiró.

   El viejo pescador llegó a su altura, casi en el borde del embarcadero, y, mientras mantenía la vista al frente al igual que ella, exclamó:

-          ¡Ay, viejo lobo de mar, cuántas leguas navegaste y cuántos barcos has hundido, pero más viejo es el mar! Cuando éste reclama a un hijo, ya no lo devolverá…
-          ¡No! –repitió ella sin entender muy bien lo primero que dijo el viejo, pero ofendida por lo último-. Él volverá, lo prometió. Él me ama y regresará por mí, y mi corazón sólo es para él. Vendrá, lo prometió.

   Chasqueando con la boca, lanzando un hondo suspiro y negando con la cabeza, el veterano pescador se sentó tranquilamente en el borde de los tablones mientras preparaba el anzuelo de su caña, al tiempo que mascullaba algo que ella ni llegó a percibir. Estaba absorta en su afán, mientras los recuerdos la invadían. Cerró los ojos.

II

   Parecía el mar un liso espejo que en la negra noche reflejaba el cuarto menguante del astro lunar. Ni un atisbo de nubes, todo despejado en la brillante oscuridad. Apenas un imperceptible aire del poniente soplaba sobre las aguas. Era invierno, y la humedad le atenazaba los huesos, calándola hasta lo más hondo de su ser. Apenas podía contener su cuerpo para evitar que éste se abandonase al temblor incontrolado del tiritar. Acurrucada contra la pared de madera, al lado de los escalones que daban acceso a la parte superior del muelle, se abrazaba en un desesperado intento por ahuyentar el horrible frío.

   No pensaba abandonar, aún no. Todavía no era medianoche, aún podía llegar. Durante toda la noche y todo el día anteriores había estado aguardando sobre el viejo muelle. Era el solsticio, y cabía mantener la esperanza. Estaba convencida de que al final llegaría, tan sólo tenía que aguantar un poco más, sólo un poco más, pensaba mientras se levantaba a duras penas y se encaminaba hacia el borde de las tablas para observar de nuevo el horizonte... De pronto, un centelleante calor la invadió. La piel, adormecida ya por el tenaz helor, se despertó, erizándose el vello. La cálida y agradable sensación al tacto de los brazos que la rodeaban desde atrás por la cintura la reconfortó. El frío desapareció mientras él la besaba por el cuello, la oreja y la mejilla. Al tiempo que se daba la vuelta lentamente, no podía ocultar la cada vez más amplia sonrisa que delataba la felicidad que sentía. Lo miró a los ojos, grandes y verdes como los suyos, los cuales se encontraban al borde de las lágrimas, consecuencia de la emoción que la embargaba.

-          Has venido –apenas le salían las palabras de la boca-. Lo sabía, sabía que vendrías. Te he estado esperando noche y día, y por fin estás aquí. Sabía que no me fallarías -prosiguió, entre la sonrisa y el llanto.

   Él posó el dedo índice sobre sus labios, acallándola un instante. Labios que no dejaba de mirar y, lentamente al principio, y en un acelerón final, se abalanzó sobre ellos, besándolos apasionadamente. Ella se estremeció, y no de frío. Hacía tanto que no sentía su calor, llevaba tanto tiempo esperando ese beso…

-          Está helada, no pienso tirarme –se quejó ella ante lo que le proponía.
-          Confía en mí –respondió él, levantando  media sonrisa, esa media sonrisa que la volvía loca.

   Y, desnudando su torso, el joven se arrojó al agua.

-          Esto no puede ser bueno –suspiró ella y, resignándose a helarse, se lanzó tras él.

   Esperaba que las gélidas aguas se clavaran en su piel como mil agujas pinchándola reiteradamente, pero, por algún extraño motivo, esto no fue así. En su lugar, el agua resultó templada: invitaba a bañarse en ella, nadar y fundirse en la misma. Y eso es precisamente lo que hicieron: nadar, jugar, abrazarse donde llegaban a hacer pie y besarse. Tumbados en la orilla, él sobre ella, se miraron. Él le recito hermosas palabras de enamorados. Ella sutilmente se insinuaba, le incitaba al amor. Él la poseyó con todo el ímpetu del varón, más la delicadeza del gran amante. Ella se dejó llevar y ambos rodaron por la arena, amándose entre la tierra y el mar, bajo la luz del cuarto menguante…

   El sonido de las gaviotas, cada vez más cercano, la despertó. Medio desnuda sobre la madera, se fue incorporando lentamente. Aún adormecida, escuchaba la melodía del oleaje al romper en la orilla. Contemplaba su movimiento hipnótico mientras vagamente recordaba los momentos vividos en la noche…

III

...
-          Hoy hace medio año que te fuiste.

   Él dirigió la vista al frente, con los ojos entornados para protegerlos de la notoria claridad de la tarde.

-          Esta noche habrá luna llena –respondió-. No estaré para verla, me iré antes.
-          ¿Por qué? Podrías quedarte hasta la medianoche –replicó ella, con la esperanza de convencerlo-. Tiene que estar preciosa, y podremos disfrutarla juntos.
-          La intensidad del brillo de la luna eclipsará al de las estrellas. No será una noche tan bonita como la del solsticio de verano –giró de nuevo la cabeza hacia ella, con una leve sonrisa-. ¿La recuerdas?

   “Cómo olvidarla”, pensó ella, sin llegar a pronunciar las palabras. Hacía tres meses, la noche del solsticio de verano: orquestadas por la luna en cuarto creciente, las estrellas iluminaban el firmamento, tiñéndolo de un intenso color azul marino; azul de medianoche, que lo llamaba ella. Había sido la primera vez que se reencontraban después de que él se marchara con la llegada de la primavera. Aquél caluroso día de verano pasearon por las cercanías del muelle, comieron helado y se tumbaron en la orilla a contemplar la vastedad del cielo, totalmente despejado. Se besaron y abrazaron largo rato, pero nunca suficiente para ellos, jóvenes amantes apasionados. Cuando cayó la noche, la admiraron reposados sobre el viejo embarcadero. Al dar la hora del comienzo, él se marchó y ella se quedó allí, contemplando el telón nocturno hasta el alba, cuando el viejo pescador le recomendó que se fuera a casa...

-          Ese anciano no descansa nunca. Viene al muelle todos los días desde que yo lo hago -comentó-. Todas las mañanas desde muy temprano, a veces incluso por la tarde. Pobrecillo, tiene que tener los huesos fatal de la humedad.
-          ¡Aúúúú, a-a-aúúú! –empezó a aullar él-. ¡Ay, viejo lobo de mar, cuántas leguas navegaste y cuántos barcos has hundido, pero más viejo es el mar! Cuando éste reclama a un hijo, ya no lo devolverá –exclamó con tono burlón y voz agrietada.
-          ¡Que bien lo imitas!

   Ella rio a carcajada suelta mientras él proseguía con sus bromas. Después, se abrazaron. Estaban sentados en el borde mismo del embarcadero. El crepúsculo comenzaba a conferirle al cielo unos colores rojizos y dorados que se reflejaban en el mar, el cual los mecía con suaves olas, creando una estampa realmente hermosa de contemplar. Era la bienvenida al otoño.

-          Claro, que por aquel entonces se te veía feliz. Hoy, a pesar de haber estado bromeando, tienes un matiz sombrío en la expresión –le comentó. Aún seguía ligeramente molesta por su negativa a quedarse hasta la noche-.
-          Es el tiempo, y es la luna. El tiempo se agota y la luna me quema –observó como ella se quedaba perpleja ante tal respuesta-. Te amo.

   Y la besó. Todo atisbo de enfado se esfumó de golpe, mientras se estremecía sintiendo sus labios en su boca. Besaba tan dulce, lo hacía tan especial, tan mágico… Separándose un poco, sonrió y le respondió:

-          Yo a ti más.

IV

   Abrió los ojos. El fuerte viento aullaba mordaz y la zarandeaba violentamente, obligándola a agarrarse a la barandilla, ese viento que había traído sobre la playa negros nubarrones que anunciaban la inminente tempestad. ¿Cuánto tiempo había estado recordando? La repentina oscuridad le impedía calcular la hora; había estado tan absorta en sus pensamientos que no sintió avecinarse el temporal.

   Un centelleante relámpago, seguido de un estruendoso trueno, hicieron de arranque de la tormenta. Sintió miedo, mas no estaba dispuesta a moverse de allí, no sin él. Al volver la vista atrás, pudo distinguir la silueta del pescador, que parecía alentarla desde la orilla para que regresara, pero sus gritos quedaban ahogados entre el ruido de las olas al chocar y el aullido del viento. Una gran ola rompió contra la plataforma; se aferró con todas sus fuerzas a la madera y consiguió mantenerse en su sitio. Un crujido sonó a sus espaldas: parte del puente se había derrumbado. No tenía escapatoria. Presa del pánico, cuando quiso volver la vista al frente una nueva ola, más grande y violenta, la derribó sin piedad. Se zambulló entre las aguas, que la zarandearon con virulencia; la fuerza del mar la emergió por instantes, pudiendo dar una bocanada de aire antes de ser engullida definitivamente…


   La visión era idílica. Desde la torre más alta del esbelto castillo de marfil, situado sobre un risco que moría en forma de acantilado sobre las aguas, dominaba la vista del pueblo de casas blancas de cal y del océano que se extendía al otro lado. En él pudo distinguir, como si de una estrella fugaz sobre el oscuro firmamento se tratase, el brillo dorado del sol de la tarde al reflejarse sobre un estilizado y blanco bergantín. La emoción la embargó: por fin llegaba a recogerla. Se arremangó los vuelos del blanco vestido y echó a correr, descendiendo primero los pisos del baluarte y después el acantilado por la escalinata tallada en la piedra, hasta llegar a la orilla. Despojándose del vestido, quedando apenas con la ropa interior, se lanzó al agua y nadó, nadó con todas sus fuerzas hasta que llegó al barco, de colores nácar y dorados. Al final de la escalerilla, una mano le tendió ayuda para subir. Era la suya. Miró hacia arriba.

   Allí estaba él, vestido de los mismos colores que dominaban la escena. Nunca lo había vuelto a ver tan radiante desde que comenzara su amor: irradiaba tanta fuerza y belleza, tanta magia… Estaba deslumbrante. Una vez terminó de subir a bordo, siguió mirándolo: era éste el chico del que se enamoró, y con el que había vivido los momentos más preciosos de su vida hasta que, un año atrás, el mar se lo llevara con la venida de la primavera.

-          Has vuelto a por mí, has venido a buscarme –exclamó ella, emocionada-. Creí que ya no volverías –prosiguió-. He tardado en comprenderlo, pero por fin lo entiendo todo… Ahora sé que nuestro destino es estar juntos. Llévame contigo, ¡estoy lista!

   Y se arrojó a sus brazos con ímpetu, como queriendo fundir su cuerpo con el de él, quien la abrazó, acariciándole el pelo tiernamente mientras su calidez lo invadía.

-          Eres tan hermosa… Tus ojos son dorados y verdes, profundos, como dos esmeraldas rescatadas del fondo del océano.
-          Como los tuyos –le respondió sonriente-. Eres tan guapo…

   Se separó él con suavidad y, tomándola de las manos con delicadeza, le explicó:

-          El destino es una fuerza poderosa, pero no lo puede todo. Hoy hace un año que la luna, envidiosa de nuestro amor, me llevó con las mareas, separándome de ti -notó cómo los ojos de ella se ensombrecían al revivir aquel momento-. Aun así, lo que sentimos fue tan grande que me permitió seguir viviendo en tu corazón todo este tiempo e, incluso, poder volver a estar contigo, sentirte en mi piel cada uno de los días en los que las estaciones rotaron durante este año, mas el dolor que te causaba mi recuerdo era tal que cada vez se me hacía más difícil desear volver.
-          Pero…-comenzó a replicar ella, siendo acallada por el dedo índice que él posó sobre sus labios.
-          Realmente fuimos felices, y créeme cuando te digo que jamás me he sentido tan dichoso como en los días que pasé junto a ti. Nuestro destino es estar juntos porque nuestro amor así lo quiso, pero me temo que aún no ha llegado ese momento.

   Le sonrió con dulzura a fin de tranquilizarla, al notar cómo sus desconcertantes palabras la empezaban a inquietar.

-          He venido por ti, pero no para llevarte conmigo, sino a tu lugar. Hoy no será el día en que el mar te lleve consigo; aunque te reclame y proteste con vehemencia, no le concederé su capricho.

   Las lágrimas comenzaron a recorrer el rostro de la joven, adivinando las palabras que vendrían a continuación. “No llores, mi amor” le dijo él, aunque tampoco pudo evitar que los ojos se le cargaran de lágrimas. Haciendo un esfuerzo por controlarse, volvió a sonreír y se despidió:

-          Eres una chica maravillosa. Lograrás cumplir tus metas en la vida y sabrás ser feliz, y yo te ayudaré y acompañaré siempre en tu camino, hasta el día en que vuelva a buscarte en este barco, esa vez sí para estar juntos por siempre. Hasta entonces, si alguna vez te sientes perdida o sola, acércate a la playa, escucha las palabras de la brisa del mar y siente su espuma en tu piel, pues yo estaré en ellas. Siempre velaré por ti.
-          Eres el amor de mi vida.

   Y lo besó. Lo besó con toda su alma, lo besó poniendo cada esencia de su ser en ese beso, por tratar de transmitirle todo lo indescriptible que sentía por él. Al separar sus labios, fijó la vista en sus ojos, mientras los ecos de un “te amo” retumbaban cada vez más lejanos en sus oídos, siendo sustituidos lentamente por unos sonoros:

-          ¡Muchacha!¡Muchacha! –gritaba el viejo pescador, agitándola enérgicamente de los hombros.

   Ella continuó con la mirada perdida en sus ojos, hasta que lentamente fue retomando el conocimiento. Se hallaba en la playa de siempre. El temporal había pasado y el sol luchaba por asomarse entre las altas y claras nubes. El anciano exclamó:

-          ¡Ah, viejo lobo de mar! Pensé que no lo contarías. Es extraño, el mar no suele renunciar a sus presas, pero a ti te ha devuelto sana y salva. Es un verdadero milagro, muchacha: eres realmente afortunada. Pude sacarte del agua cuando las olas acercaron un poco tu cuerpo a la orilla y, aun así, no fue tarea fácil –sonrió mientras se ponía en pie torpemente-. Bueno, he de irme. Te aconsejo que vuelvas a casa y te recuperes; ya nos volveremos a ver….algún día.

   Y se marchó por la orilla, tarareando una vieja tonada marinera. Ella, aún turbada por tantas emociones, no logró responder. Él la amaba tanto, la había salvado… pero, entonces, ¿cómo iba a haberla rescatado el viejo de la tempestad? De pronto, como una flecha, la inspiración atravesó su aturdida mente. Se giró rápidamente para llamar al pescador, pero éste había desaparecido por completo. No podía parar de pensar en sus ojos. “Verdes y profundos, como los suyos” se dijo. Notó entonces en su bolsillo algo que se movía y, al hurgar con la mano, extrajo de él, estupefacta, dos pequeñas piedras preciosas. “Como dos esmeraldas rescatadas del mar”. Sonrió. Lo amaba. Lo amaría siempre. Despacio, se levantó y echó a andar tranquilamente, escuchando la brisa marina, sintiendo la espuma en su piel.


FIN


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